COMO INFLUYEN LAS PALABRAS EN EL
Hablar de como influyen las palabras en el subconsciente es uno de los elementos más significativo al ser una herramienta de salud versus enfermedad. Empezaremos por señalar que, al hablar, de lo único que podemos estar seguros es de lo que decimos, pero sobre de lo que va a interpretar el que escucha, eso no siempre lo sabremos (1) al ser el receptor el que descifrará lo que escucha según su pensamiento, biografía y estado de ánimo.
Pero antes de continuar, empecemos por definir que entendemos por subconsciente o inconsciente y cómo funciona esa parte menos accesible de nuestra mente donde encontramos los recuerdos e impulsos que hemos reprimido.
El subconsciente o inconsciente es toda información que tenemos almacenada en esa parte de nuestra consciencia difícil de acceder. Pero, ¿qué tipo de información guardamos en el subconsciente que nos hace tan difícil acceder a ella? Principalmente aquellos miedos profundos, deseos reprimidos y experiencias traumáticas que de manera consciente no queremos recordar, y que en muchas ocasiones son la génesis de miedos, fobias, etc. Pero sin embargo, a pesar de lo dificultad de acceso, esos contenidos almacenados, solemos de manera inconsciente -dado que están ajenos a nuestro control- manifestarlos de distintas maneras como pueden ser a través de los sueños, las acciones inconscientes y los lapsus linguae.
Y es que nuestro subconsciente funciona como un emisor de recomendaciones o estímulos que resolvemos a nivel consciente y que activan algunos patrones de comportamiento sin que nosotros seamos conscientes. Es por ello que palabras que nos dicen, que “nos decimos que son esas las que escuchamos y no otras” y como consecuencia introyectamos pueden terminar generando en nosotros una “opinión de la que estamos totalmente convencidos de que se manifestaron, y sobre todo porque esas palabras nos decimos que fueron las que escuchamos y no otras”.
Un ejemplo de lo dicho se puede constatar cuando en una familia la relación hijo-madre es amorosa, ella le comunica una preocupación, y este, mirándole a los ojos le responde: Mama, no te preocupes, voy a hacer todo lo que este en mi mano…y la madre agradecida, sonríe tranquilizada sin ser consciente que esa calma se la acaba de producir una descarga de oxitocina en su torrente sanguíneo. Esta convencida de que su hijo le va a resolver el problema. Ahora pasamos a contemplar el supuesto de la misma preocupación manifestada por la madre a otro miembro de la familia donde la relación esta cargada de desconfianza e inseguridad, el tópico nuera-suegra. A escuchar la idéntica frase: Mama, no te preocupes, voy a hacer todo lo que este en mi mano…la madre lo que va a escuchar es que nada se va a hacer por ella. Que en el momento preciso aparecerá un contratiempo, una excusa que imposibilitará la solución del problema, terminando por repetirse que no se puede confiar en esta mujer, mientras su boca empezará a sentirá seca, sin constatar la llegada del cortisol. Y es que escuchamos según pensamos.
Importante la situación, porque a su fin, terminamos estando totalmente convencidos de que fueron esas y no otras las que nos dijeron. Realidad sumamente influenciada por nuestro propio subconsciente. Por esa “base de datos” que hemos ido creando a través de los años con nuestras experiencias almacenadas compuestas de ideas, creencias, pensamientos, etc., hecho que hace que tomemos una opinión y/o decisión, hecho que hace imprescindible el que toda palabra este integrada en una comunicación asertiva.
Un ejemplo de lo hasta ahora comentado lo tenemos en cuanto a AA.MM, en la investigación llevada a cabo por Audika (2) haciendo hincapié sobre la correlación que existe entre la edad, la forma en como nos comunicamos y estado de ánimo. En ella se constató como a medida que avanzamos en edad el valor de las entonaciones adquiere más peso a medida que se va envejeciendo, terminando por otorgar el verdadero significado de las palabras en el “como se ha dicho”. A lo expuesto debemos completarlo en que es posible que podamos olvidar lo escuchado, pero difícil dejar de retener la emoción que pudimos experimentar al recordar cuando nos hablaron. A tenor de esta afirmación Antonio Machado (1875-1939) nos lo recuerda en su obra Los Complementarios [3] (pág.51) cuando nos dice: “Solo recuerdo la emoción de las cosas/y se me olvida todo lo demás/muchas son las lagunas de mi memoria”. Frase que debemos tener presente al inicio de toda conversación. Debemos ser fabricantes de sentimientos aún en el silencio.
Y es que ese conjunto de palabras que es la comunicación no solo afecta a la relación presente, sino que tiene un efecto que a veces pasa inadvertido por su profundidad, como es el estado emocional, la autoestima y autopercepción, al ser la comunicación un nutriente emocional. A medida que vamos madurando más dependemos de la comunicación para el desarrollo de nuestro conocimiento y sentido de pertenencia. Ya en la infancia, un tono inquieto o infantilizado por parte de los padres, puede generar pensamientos de inutilidad o dependencia, a la vez que unas palabras cargadas de respeto y admiración consolidan la autoestima.
A medida que vamos dejando atrás etapas, más permeables somos a la implícito. Las palabras se mezclan con la biografía y los suspiros, las frases ambiguas despiertan señales de rechazo. Decir: “No hay quien te entienda” puede activar un ayer no resuelto; inutilidad o abandono. Comprobando como nuestras palabras además de transmitir información llegan a activar relatos internos, obteniendo como resultado “lo impredecible”.
Al llegar a la adultez, la sensibilidad del subconsciente se dispara dada su constante revisión de biográfica, donde cada frase es filtrada a través de su “balance de vida”. Su tendencia a la rumiación al no poder digerir ciertos estados emocionales provocados por vivencias no resueltas, puede generar resultados impredecibles, de ahí lo importante que toda palabra vaya acompañada de un tono, pensamiento (Rizzolatti, 4) y gesto corporal ajustado a la verdad.
Es por ello que la palabra también sana cuando refuerza la dignidad al impactar en el inconsciente con “torpedos por debajo de la línea de flotación” como: “tu experiencia es importante para nosotros”. O cuando ante una queja respondemos “Te comprendo perfectamente, yo en tu lugar estaría igual”
Hemos dado la referencia de Rizzolatti al descubrir como antes que la palabra, es nuestro pensamiento lo que está influyendo en el inconsciente. Con el Dr. Emoto (5) se descubrió como la palabra va a repercutir en todo el organismo. Si nuestro pensamiento, intención, energía, produce cambios en la estructura del agua y nuestro cuerpo está compuesto por un 60/70 % de agua, un pensamiento, una palabra, voz, totalmente puede cambiar sus propiedades. Estamos frente a una prueba de la fuerza de la mente sobre la materia. Estamos hablando de física cuántica.
Por fin llegamos a la conclusión de que, si queremos llevar a cabo una comunicación eficaz, es condición sine qua non querer ayudar al otro y aceptarle tal cual es. Si somos incapaces de creer en lo que estamos hablando y es nuestro deseo que el otro lo crea, no solo estamos perdiendo el tiempo, sino que nos estamos creando una barrera de desconfianza.
En toda comunicación debemos creer al otro. Ocurre que, por el hecho de que estamos creyendo al que escuchamos, las tareas, además de que las va a llevar a cabo, serán más duraderas. Así es, porque estamos colaborando en crear su nueva realidad, y crearla no es otra cosa que alcanzarla. Estamos totalmente orientados hacia el otro, estimulando al unísono idénticas neuronas. Nuestro pensamiento es su pensamiento. “Yo creo que va a ser lo mejor para ti. Nuestro diccionario de la RAE define creer como “Tener algo por cierto sin conocerlo de manera directa o sin que esté comprobado o demostrado”. Si al hablar estamos describiendo lo que pensamos, de lo que estamos convencidos, de que no es un capricho sino un bien y actuando según esta regla, se va a crear el “milagro” de que el otro no lo va a razonar, nos va a creer sin pasar por este filtro. Si creemos, estamos colaborando en esa creación. La última acepción del RAE dice “Tener confianza en alguien o algo”. ¡Qué decir! Si no lo creemos, si todo es obra de nuestro egoísmo y conveniencia, no tiene sentido empezar a hablar. A este apartado queremos hablar de la investigación llevada a cabo por el profesor Dr. Paul Zak, (6) investigador de la Universidad de Claremont en California de Norte, donde confirmo que creer, confiar, correlacionan con los cambios en nuestro torrente sanguíneo de oxitocina, -muestra que es medida mediante análisis de sangre- hormona directamente relacionada con la empatía. Hablar creyendo en el otro reconforta. Ejercer la comunicación de esta manera crea adicción. Sobre lo determinante que puede ser la palabra como vehículo de creación adjunto el siguiente enlace.
Dicho esto, unos pasos básicos al emplear la palabra y que su influencia en el inconsciente produzca los efectos deseados, en primer lugar será emplear palabras asertivas y responder en función del receptor: racional, si es racional, emocional si así lo fuera, para a continuación:
1. Creernos firmemente que le va a beneficiar -no olvidemos las aportaciones del Dr. Giacomo Rizzolatti-.
2. Convertirnos en buenos conversadores. Es decir: escuchar.
3. Antes de hablar, recabar la atención del receptor. Una comunicación efectiva, requiere de un estado emocional predispuesto, orientado hacia el otro. Debemos asegurarnos de que ha comprendido, por lo que es necesario preguntar.
4. Antes de exponerle el motivo de nuestra conversación, si pensamos que puede provocar confusión, u obtener una negación, debemos incorporar en la frase textos desensibilizadores como: “quiero dejar claro que me respondas lo que me respondas te lo voy a aceptar. Por encima de todo, lo más importante es tu bien”. Obligatorio no despertar al inconsciente evitando la creación de toda posible ansiedad que termine conduciendo a mientras hablamos, estar preparando la respuesta inesperada. Respuesta que por supuesto en nada nos va a beneficiar.
5. Diga lo que nos diga estaremos aceptando el “NO QUIERO, NO ME APETECE”.
6. Si estamos pensando que nuestra decisión va a ser difícil de asumir y como consecuencia acabar escuchando lo irremediable, antes de llegar a la frase que puede originar el conflicto, y cuanto más negativamente lo creamos, rápidamente debemos verbalizas frases que relajan al inconsciente como: “creo que”, “pienso que”, “tal vez”, “en mi opinión”, “me gustaría saber tu opinión”.
Como estamos constatando, la comunicación es más que un intercambio de palabras, es un espacio donde se construyen vínculos, se afirma la identidad y se regula la vida emocional. En todo ser humano el inconsciente tiene “memorias” que la palabra despierta, por lo que la forma de hablar adquiere una relevancia particular. Una palabra mal formulada puede despertar viejas heridas. Un tono cargado de ironía, puede confirmar un temor. Un gesto de desinterés puede promover una conducta defensiva, y de la misma manera, una cálida mirada, una frase respetuosa puede llegar a ser la fuerza necesaria. Si, es la envoltura de la palabra la que da significado; la génesis del consecuente efecto.
Cuando la palabra es un puente afectivo se convierte para el que lo ejerce, en un imán irresistible hacia su persona al estar validando al otro, estar entregándole conciencia de su lugar en el mundo.
giado
CV.06004
https://rmorcillo.blogspot.com/
Cartagena, 5 de diciembre
de 2025
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